Villa Ocampo, dormitorio principal. Mar del plata, Argentina. Foto by litallui.

jueves, 15 de enero de 2026

La trampa de "tu mejor versión". Pensamientos sobre el permitirnos crear y vivir, a apartir de la obra de Marina Abramović y Mitski.

Terminé hace unos días de hacer una remodelación total de mi dormitorio. Finalmente hoy pude disfrutar de mi renovado spot, y lo hice sentada como indio sobre mi cama (con las sábanas recién cambiadas), escuchando música en aleatorio y chusmeando páginas del internet con la compu sobre mis piernas. Hay algo muy íntimo y medio místico en estar frente TU computadora. Me parece un momento casi sublime. No es lo mismo que estar con el celular; no sé con exactitud el por qué, pero es distinto. O sí lo sé. La computadora es como otra experiencia en su totalidad, que excluye por su naturaleza y formato el doomscrolling y básicamente el tener el cerebro dividido en 80 partes interdependientes, cada una habitando en una notificación y aplicación distinta. El celular, en ese sentido, me parece casi un objeto maldito, una tecnología cronófaga que se (re)apropia de tu tiempo. Hay algo del estar frente a la computadora que habilita otro tipo de concentración, otra intimidad. Justamente, otra relación con el tiempo.


Dicho eso, a lo que nos compete.

En ese estado estaba navegando por The Internet Archive y me encontré con un archivo de una performance de Marina Abramović. Es una artista que ví muuuuuuucho en la facultad, sobre todo en materias de arte contemporáneo y similares. Una figura clásica e icónica dentro del mundo de la performance. Por eso ya había visto muchas de sus obras, pero esta en particular me apareció casi de casualidad: Art Must Be Beautiful, Artist Must Be Beautiful.

Es un video de cinco minutos y trece segundos. Ella aparece peinándose: en la mano derecha tiene un cepillo, en la izquierda un peine. Mira a un punto fijo, como si estuviera frente a un espejo, y se cepilla simultáneamente con ambos objetos mientras repite la frase que le da título a la performance. Una lectura connotada pero primaria dentro de ella, diría que tiene que ver con esta exigencia de que no solo lo que producís debe ser bello, sino que vos también tenés que serlo. Como si el sentido de la obra se completara en la belleza del cuerpo del artista.

Y esto, claramente, se potencia cuando se piensa en que Abramović es mujer. A ver, no es ninguna novedad ni estoy descubriendo América (pd: malditos colonizadores) que las exigencias sobre la producción femenina no funcionan igual: muchas veces una mujer puede ser rara, excéntrica, incluso incómoda, siempre y cuando sea bella dentro de ciertos estándares. Puede salirse de la norma, pero no del canon. No puede ser simplemente RARA. Tiene que ser bella mientras lo es.

(Parafraseo aca a la unica e inigualable SoyunaPringada diciendo que los tipos siempre quieren una mina rara mientras que el “ser rara” implique saber menos que ellos para que te puedan explicar todo, que cuando es rara de verdad ya no les gusta ajjsjsjsjsjsjj)


Mientras veía esta performance, tenía de fondo, muy de fondo, YouTube en aleatorio con performances en vivo de música. Y justo apareció First Love / Late Spring de Mitski. Fue un día en el que estuve muy a full con Mitski, escuchándola todo el tiempo, pensando mucho en sus presentaciones, en su forma de estar en escena. Y ese cruce no me pareció casual.

La canción habla de muchas cosas, pero entre ellas está esta idea de las exigencias, de la presión por ser alguien que uno no es. Mitski lo aborda desde el lugar de la edad, de crecer antes de tiempo, pero también aparece la belleza, la aceptación que viene desde la belleza, y el ser ese “yo ideal” para el otro. Ese pedido por no recibir un “te amo” es el producto de un miedo latente por ser amada y vista unicamente desde esta versión obligada y perfecta de una misma. Desde la versión curada de lo que supo ser nuestra identidad.

Me pareció muy fuerte que estas dos piezas se cruzaran en una misma noche de jueves, casi sin buscarlo. Y eso me dio ganas de escribir sobre esto.

Pensando un poco más allá de la belleza física en la performance de Marina, también me resuena otra cosa: la idea de que lo que producimos tiene que reflejar siempre la mejor versión de nosotros mismos. Como si no existiera la prueba y el error, el intento, el borrador, el aprendizaje. Solo existen versiones finales. Versiones cerradas, inmaculadas e irrefutables.

Esto conecta mucho con Mitski también. Esta idea del “yo superior” intocable, que nuestro entorno nos exige ser y al que, inevitablemente, también nos sometemos.

No hace tanto vi un reel en Instagram de una chica que decía que no hace falta esperar a ser tu versión perfecta para empezar a producir. Que no tenés que esperar a que lo que hagas te represente al 100%. Justamente producir es encontrarte en el camino.

No existe ese momento de “listo, llegué, esto es todo lo que soy”. La identidad es cíclica, cambia todo el tiempo. Entonces, si uno espera a ser esa versión perfecta para compartir lo que hace, nunca lo haría realmente. Es una carrera contra la nada misma. Correr detrás de un imperativo productivista, hiperpositivo, aplicado a algo que no debería funcionar bajo esa lógica. Que difícil es igual despegarnos de esta tendencia masiva de medir todo con el parámetro de lo productivo y funcional. Byung Chul Han nos habla un poco sobre eso en "La Sociedad del Cansancio" (2010). Cito: 

“La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento. Ya no vivimos bajo el mandato del ‘no puedes’, sino bajo el mandato del ‘puedes’, de la maximización del rendimiento. En ella, los individuos no sufren una explotación externa, sino que se autoexplotan con entusiasmo hasta colapsar; son a la vez explotadores y explotados, víctimas y verdugos de sí mismos."

A mí personalmente esto me pasa mucho, incluso con este blog. Nunca estoy satisfecha con lo que escribo. Siento que tengo que saber más, tener más información, más conocimiento, ser más de nicho, hablar de temas que nadie haya tocado. Y cuando uno lo piensa en profundidad, es bastante vacío y carente de alma este pensamiento. Porque siempre que uno tenga ganas de hablar de algo, ya por el solo hecho de hablarlo desde un lugar genuino, está haciendo algo distinto o “auténtico”. Nunca va a ser igual a lo de otro.


Creo que de esta coalición entre Marina Abramović, Mitski y ese momento específico me quedo con eso: valorar más lo que uno produce y quién es uno en ese proceso. Simplemente arrancar a hacer, sin pensar demasiado en cómo debería de ser. Es loquisimo aparte que cuanta más libertad te das para crear, mejores cosas salen. Doy fe.

En el último año incorporé bastante esta idea de que si quiero hacer algo, lo hago y ya. Me apareció una vez un tuit de Erykah Badu que decía: “If I want it, I create it”. Y parece simple, es muy difícil, pero es clave para encarnar la contracultura a favor de lo real.

Creo que hay una especie de epidemia de desconfianza en uno mismo. Estamos tan saturados de información, imágenes e identidades posibles que no confiamos en lo que podemos ser. Nuestra identidad está tan desdibujada con la del otro que cuesta encontrar una base firme. Podemos ser tantas cosas al mismo tiempo que entonces, sentimos que no somos nada.

Tal vez eso estuvo siempre ahí, el no conocerse del todo, o con total seguridad. No sé si alguna vez se logra algo tan inmenso. Pero la saturación contemporánea hace que sea todavía más difícil sentirnos parte de algo, incluso cuando somos parte de todo. Y creo que eso es algo que nos atraviesa profundamente hoy. 

Quizás el “hacer” dentro de esa búsqueda permanente es lo que “hace” al vivir. 


Así que nada amigos, los invito a fallar. A pifiar feooooooo. Anotate en un curso y hacé un papelón en la primera clase. Escribí poesía de mierda. Comprate una guitarra y errarle a todos los acordes. Interpreta mal las películas, los libros. Mandá el mensaje que querés mandar. Enamorate de la persona equivocada. Llorá por cosas sin aparente importancia.

Propongo alejarnos de la idea de vivir siendo nuestra propia versión ideal. De hecho, propongo vivir, con todo lo que eso conlleva y cuesta.

Todo es una victoria, un triunfo, si la meta es la experiencia.


Atentamente, 

- lula


Ver performance MARINA


Ver performance MITSKI

martes, 4 de noviembre de 2025

La idea de amar - Primeras reflexiones a partir de “Fragmentos de un discurso amoroso” de Roland Barthes.


Hoy estuve pensando en la idea de amar. Literal.

En realidad diría que hace semanas, meses, por no decir años.


Hace no tanto tiempo hablé con una amiga sobre nuestros proyectos creativos. Música, poemas, ideas, ilusiones, etc. Y entre toda esa charla surgió, o se nos atravesó, un pensamiento que en su momento no pude desarrollar con mayor profundidad pero que hoy volvió a aparecer (por probablemente una serie de estímulos que recibí en redes al respecto, porque nada es casual en esta vida) y que a pesar de la carente maduración que tiene el tema en mi cerebro aún, no podía huir de la necesidad de vomitar estas prematuras reflexiones. El pensamiento fue “la glorificación de la idea de amar” o “el amar”.


Todos los artistas hablamos en mayor o menor medida del amor, inclusive a veces pienso que hablamos siempre del amor. Distintos vínculos, distintos momentos, distintas formas de amar.

Erving Goffman plantea que nuestra identidad y personalidad se manifiesta en semejanza a una puesta en escena donde somos actores que interpretan distintos papeles en distintas obras (obras= contextos/grupos de pertenencia). De esta manera podríamos trazar un paralelismo hipotético en que, según esta teoría, no amamos siempre desde un mismo lugar: que amamos desde diferentes versiones de nosotros mismos según con quién estemos, según el escenario o la mirada del otro.


Pero, a diferencia de Goffman, prefiero pensar que no dejamos de ser nosotros. Que esas variaciones no implican fragmentación, sino distintas expresiones de un mismo todo. Foucault suma al debate la idea de que no somos sujetos libres y múltiples en un sentido teatral, sino cuerpos e identidades que se autorregulan, se moldean y se censuran dentro de los marcos que la sociedad impone. No cambiamos de “yo”, sino que nos adaptamos dentro de los límites que ya llevamos incorporados.


En ese sentido, más que múltiples, somos una continuidad que se modula. No dejamos de ser quienes somos, aunque el modo en que amamos, nos mostramos o nos contenemos frente a los otros revele distintas intensidades de una misma identidad.

Tomando como una certeza posible la de la no fragmentación emocional y de identidad, e intentado llevarlo más allá, podríamos debatir entonces que no dejamos de amar de una manera para pasar a otra. Somos el mismo sujeto, y aquí el tópico en cuestión, el sujeto amoroso. Escuche mil veces las expresiones del estilo “no es el mismo tipo de amor” “lo amo desde otro lugar”. Pero… Y si el amor viene siempre desde el mismo centro? ¿Es realmente el amor “distinto” alguna vez?

Me gustaría reflexionar sobre cuál sería la construcción del sujeto amoroso, amoroso en su totalidad. Invito a reflexionar el concepto de que este posee un lenguaje, o más que poseerlo, que ES un lenguaje. El lenguaje del discurso amoroso.


Aquí entonces el tema en cuestión, la maravilla en cuestión. Desde que comencé a darle vueltas a este tema en mi cabeza, orbitaba la existencia de un libro, un libro que hacía meses había encontrado (no descarto la posibilidad de que en realidad él me había encontrado a mí más bien): “Fragmentos de un discurso amoroso” de Roland Barthes.


Roland Barthes llegó a mi vida como llega a la vida de la gran mayoría: a través de esa famosa imagen de la bolsa con fideos y tomates en alguna clase de semiótica en la facultad (el que entendió la refe, entendió la refe). Semiótica fue una materia que tuve que rendir dos veces. La primera vez que cursé la materia me fue bien, pero no resonó demasiado conmigo. Pero cuando me cambié de carrera a la carrera, a la que estoy actualmente, tuve que cursarla de nuevo. Todo porque en esta instancia era “Comunicación y semiótica” y no me tomaron Semiótica por separado. Ya había arrancado con la peor de las ondas (yo voy a ir pero voy a ir con la peor de las ondas, banquenme con la peor de las ondas) pero para mi sorpresa, la experiencia fue totalmente distinta. El destino(?).

Tuve la maravillosa oportunidad de cursarla con un profesor que era un gran apasionado del tema, un sabelo-todo en el mejor sentido de la palabra. Y a mí no hay gente que me despierte más entusiasmo que la de ese estilo. Así fue como me enamoré de la semiótica gracias a esas clases: me obsesioné con las tríadas de Peirce, con los sistemas binarios de Saussure, y con todo lo que implica pensar la imagen, su construcción y su semántica a partir de Barthes, entre otros temas (exclamó la infumable del salón). No habrá segunda cita, pero por lo menos ahora sabe que Pierce categorizó al hombre en hombres de primeridad, segundidad y terceridad y que desarrolló que la vital diferencia en sus espíritus es a su vez su complementariedad y dependencia inevitable.


Volviendo al tema, descubrí este libro, no porque lo hayamos leído en esa cursada, sino porque el título me llamó muchísimo la atención una vez que me lo crucé de casualidad en una librería. Cada vez que volvía a reflexionar sobre estas cosas, el libro aparecía en mi mente. Lo loco es que en los últimos meses me comenzó a aparecer mucho contenido en redes sobre las “situationships” (estas relaciones que nacen y muchas veces mueren en el mismo lapso sin llegar a una formalidad) y ahí sentí la necesidad de retomar lo que sea que sea este pensamiento latente. Así que me lo compré. Mi primera lectura fue en el tren roca dirección Constitución, le echaré la culpa a un posible mareo de ese momento si es que este artículo se convierte en algo muy cercano a un sueño febril.


Hoy voy a hablar sobre mis primeras impresiones porque la ansiedad es muy fuerte y no quiero esperar a terminarlo para hablar 17 hrs del tema. Puedo llegar a morir.


Es un libro altamente interesante. Siendo completamente honesta, por ahora leí pocas páginas, pero cada una de ellas es valiosa. Dan ganas de anotar y mamarrachear cada hoja porque te llevan a conclusiones muy interesantes. O, por lo menos, eso es lo que me está pasando a mí.

Para iniciar, me gustaría leer de una manera muy descontracturada (básicamente voy a decir lo que se me cante 👍) un fragmento de la primera página del libro, y compartirlo junto con mis anotaciones. Barthes plantea la necesidad de escribir este libro: no para explicar el discurso amoroso en un sentido académico o lógico, sino para darle un lugar, para defenderlo. Lo que él señala es que el discurso amoroso, el lenguaje amoroso, es uno que todos hablamos, pero que nadie defiende. Nadie lo sostiene. Está completamente abandonado o despreciado, como algo que queda desprendido de nuestra lengua convencional y de la construcción social contemporánea, de los lenguajes que circulan hoy.


Justamente por esa falta de defensa o de sostén, el lenguaje del amor es arrastrado hacia una naturaleza inactual: queda fuera de lo contemporáneo. Es un lenguaje anacrónico, desfasado de su tiempo, singular, atemporal. Y en esa ausencia de colectividad que lo afirme, no le queda más lugar que autoafirmarse. Eso es lo que Barthes quiere poner en juego: reflexionar sobre esa autoafirmación del discurso amoroso.


Él va a decir que hoy este discurso es de una extrema soledad. El sujeto amoroso se habla en sí mismo a un otro que no habla. Es un monólogo alimentado por la imaginación y los caprichos hacia situaciones ínfimas y efímeras pero llenas de sentido en su propio código. Al ser un lenguaje abandonado, tiene la necesidad de reafirmar su propia existencia constantemente para sobrevivir. Es un lenguaje que se escapa del flujo del mundo moderno. Aunque nos pueda sonar cliché hablar de algo “fuera del imperativo productivo”, sigue siendo real. No porque todo tiempo pasado haya sido mejor; este libro no plantea que antes se amaba más y ahora menos. Incluso, hoy hablando con mi abuela, surgió algo muy interesante: cómo se desprestigia el lenguaje romántico actual. A pesar de que en gran parte está mediado por redes sociales, lo que pasa es que muchas veces no se comprende qué constituye el lenguaje del amor, cuál es su subjetividad y cuál es su fundamento. De eso quiero comenzar a hablar hoy.


El lenguaje amoroso se define por la emoción, por la pasión y por la intensidad. Y aunque hoy tengamos formas distintas de expresarlo, eso no significa que no se sienta. Si seguimos negando el caracter activo que tiene cualquier lenguaje, en este caso el del amor, seguimos cavando la tumba del sentir amoroso. Si seguimos desprestigiando las nuevas formas en las que se manifiesta el amor, lo vamos reduciendo cada vez más, lo vamos relegando de su existencia y de su importancia en nuestras vidas. Porque insistimos en reivindicar tiempos que ya no son, tiempos a los que no podemos volver. Y en lugar de reconocer eso, adaptarnos y aprovechar lo que tenemos, elegimos mirar hacia atrás y deslegitimar las distintas formas de sentir.


Es una realidad que hoy por hoy las trabas hacia al sentir se dan por la necesidad de no mostrarse vulnerable. No mostrar que necesitamos de otros para estar realizados. Necesitar de otro es debilidad y la naturaleza del incapaz y deficiente. Cuando no hay nada más alejado de la realidad.

Acá me podrias retrucar que no solo necesitamos de otros para sentirnos satisfechos. Que primero está uno y después el otro. Pero yo te canto vale cuatro con que a pesar de que es importante el buen vínculo con uno mismo, no sentimos todos alguna vez la necesidad de sentirnos amados? o yendo más lejos pero más cercano al tema de este artículo, la necesidad de amar? De sentir algo? Amar es sentirse vivo, es estar vivo. Al final del dia siempre volvemos a la misma frase, somos seres sociales, no podemos huir de ello. Somos con el otro.

Pd: aprovecho para decir acá que BASTA de promocionar discursos de hiperindividualismo con la excusa de salud mental. El avance de la ultraderecha a nivel mundial es en gran parte por la resistencia a sentir empatía. No seas choto, pensá en el otro, mirá más allá de tu ombligo. 


Continúo. 

Por esta misma razón, Barthes plantea que no se puede concebir al sujeto amoroso como un sujeto sintomático. Su naturaleza es intratable: quien ama no tiene cura. En primer lugar, él quiere restituir la importancia de la persona fundamental, que es el yo. No pretende hacer un análisis clínico ni un estudio sintomatológico del que ama; lo que quiere es hacer una inundación, un retrato, recorrer cada parte del imaginario del sujeto que ama. Este sujeto habla, pero nadie le responde. Porque lo importante no es la reciprocidad, sino el discurso.


El discurso, en su definición original, refiere a la acción de correr aquí y allá: ida y vuelta, andanza, intriga. Así funciona la cabeza del enamorado: nunca cesa ese efecto de correr, busca emprender nuevas andanzas e intrigas, incluso contra sí mismo. Es un discurso que escapa de lo tangible y lo comprensible; se excede, se derrama, se vuelve, como mencione antes, “capricho alrededor de circunstancias ínfimas y aleatorias”. Los resultados de esta actividad imaginativa, infinita, Barthes los va a situar como figuras.


Antes de entrar en eso, vale aclarar un método central que él utiliza: una puesta en escena. Algo similar a lo de Goffman pero en vez ubicar en casillas fragmentos de la identidad, Barthes ubica fragmentos del discurso amoroso. Le da al lenguaje amoroso la teatralidad que naturalmente tiene. Quiere reivindicarlo como un lenguaje, no hablar del amor sino hablar desde el amor, desde lo primitivo de sentir y decir. Por esa razón construye figuras, que no son figuras en el sentido retórico clásico, sino esquemas: posiciones del cuerpo y de la mente, instantes de suspensión o acción, momentos donde el sujeto amoroso queda capturado en su propio gesto interno.


Las figuras funcionan como pequeños capítulos. Son casillas que existen aunque no siempre aparezcan de la misma forma en cada persona. No importa si cambian, si se deforman, si algunas no se presentan: su existencia está reservada dentro del lenguaje del que ama. Son vivas. Son parte del aparato emocional y discursivo del sujeto amoroso.

Cuando uno va al glosario del libro, ese orden se vuelve asombroso. La afirmación, por ejemplo, contiene fragmentos: lo intratable, la protesta de amor, la violencia, el goce de lo imaginario, la fuerza que no recibe intérprete, el “volvamos a empezar”. Es impresionante cómo cada una de esas minúsculas unidades emocionales aparece diseccionada y, a la vez, respetada.


La lista es enorme y hermosa: el por qué, el te amo, la ternura, la verdad, el suicidio, los signos, el mutismo, los objetos, lo obsceno, la declaración, la dedicatoria, los demonios, la dependencia, el despertar, la desrealidad, lo dolido, el drama, el encuentro, la conducta, los contactos, la catástrofe. Y muchísimas más.


Es increíble cómo plantea, ordena y encierra lo inasible. Se me escapa lo hermoso que es.


Él plantea que estas figuras se recortan perfectamente según puedan reconocerse. Según puedan ser identificadas en ese discurso que fluye, en algo que ha sido leído, escuchado, experimentado. La figura queda circunscripta como un signo (y claro mamita, un semiólogo no puede huir del concepto de signo). Es desmemorable, como lo es una imagen, como lo es un cuento. La figura toma validez en el momento exacto en que alguien dice: “Ay sí, ¿sabés que sí? Reconozco esta escena del lenguaje”.


Las figuras, en el texto, pueden interrumpirse de pronto, cruzarse entre sí. Es un tema tan complejo y tan amplio que los conceptos pueden pisarse y superponerse, pero eso forma parte de su propia rareza. Él describe que el lenguaje amoroso se caracteriza por su “pobreza de la esencia”, y no lo dice de manera negativa, sino como algo mutable, con tantas aristas que es difícil de concretar o de contener. Las figuras son contradictorias, se chocan, se suman; hay una lucha constante, o una suerte de cooperativa emocional. Entre algunas figuras hay batallas; entre otras, alianzas. Eso es lo maravilloso del relato.


Como que me re casé con la palabra maravilloso/a, no? Nunca un sinónimo la tipa. Mi profesora de lengua y literatura del secundario me castigaría con tarea de análisis sintáctico. 


Bueno. Sigo.

Hay una parte que me parece especialmente interesante y la quiero leer tal cual la subrayé: “¿Qué puede decirse, o qué decir, de la languidez, de la imagen, de la carta de amor, ya que todo el discurso amoroso está urdido de deseo, de imaginario y de declaraciones?”. Aquello que podría parecer ambiguo o indescifrable, a su vez define y sostiene el discurso, que constantemente batalla para no ser olvidado.


Ahora, entrando en estas reflexiones personales, a mí lo que me llama mucho la atención es esta idea de que el discurso amoroso es un lenguaje que nos une a todos, pero que nadie sale a defender. Es muy extraño cómo, cada vez que se plantea este debate, surgen dos aristas: quienes se sienten totalmente compenetrados (consciente o no) con la lógica actual del amor (es decir, quienes practican sin más el amor mediado) y quienes reivindican la esencia del amor del pasado. Yo creo que es un híbrido entre ambas cosas. Sería maravilloso poder rescatar lo valioso de ambos momentos.


Pero también me incluyo en esa contradicción. Porque soy yo misma quien después se queda anonadada cuando las personas (o yo misma) se muestran abrumadas por un like, por una respuesta de Instagram, o por cualquier microgesto digital. Como dije antes, hay una gran tendencia a no querer sentir porque se tiene un miedo constante a la vulnerabilidad, un miedo a verse humillado, a romper esa imagen perfecta de individualidad. En algún punto podríamos decir que el amor se ha “lavado” pero como dije al principio, es todo tan blanco o negro? El amor de antes era el amor “bien”, y hoy el amor es una mierda? A ver, cómo afecta la conexión constante a los vínculos es un tema ENORME y altamente complejo que podría ser un artículo aparte, pero a lo que voy es que claro que no podemos negar todo lo que trae consigo esta hiperconexión. Como plantea Byung-Chul Han, vivimos en una era marcada por la transparencia y la exposición total, donde la intimidad se diluye en una constante necesidad de mostrarse y de ser visto. Todo parece orientado hacia la productividad emocional: vínculos que se construyen para exhibirse, afectos que se miden en reacciones, y una autenticidad que se vuelve sospechosa porque siempre hay una cámara encendida, aunque sea metafóricamente. El amor, en este contexto, corre el riesgo de volverse un producto más dentro del circuito de lo visible: una experiencia calculada, curada, lista para ser consumida.


Pero quedarse solo con esa lectura sería reducir la complejidad del asunto. No todo está perdido ni todo es artificio. Quizás el punto no sea negarlo, sino aprender a convivir con ello. No se trata de romantizar la hiperconexión ni de justificar la superficialidad, sino de asumir que ya no podemos amar por fuera de las pantallas. El amor, como todo vínculo, se adapta a su contexto, muta con las herramientas que lo atraviesan. Entonces, en lugar de seguir repitiendo que “las redes mataron al amor”, tal vez deberíamos empezar a preguntarnos cómo puede existir el amor dentro de ellas.

Porque sí, las redes distorsionan, filtran y performan, pero también permiten formas nuevas de presencia, de acompañamiento, de deseo. Hay gestos digitales que son, a su modo, íntimos: un mensaje a las tres de la mañana, una foto compartida solo con una persona, una reacción mínima pero cargada de sentido. Quizás el problema no esté en el medio, sino en nuestra falta de conciencia sobre cómo lo usamos.

Tal vez el desafío actual sea amar con conciencia de la mediación, no negándola, sino habitándola desde otro lugar: un lugar más lúcido, más humano, más imperfecto.


Eso es lo que más me interesa analizar hoy. Más allá de cómo se exprese el amor hoy,de si preferimos su forma pasada o su forma contemporánea, hay algo de constante no reconocimiento de su propia impronta, de su autonomía. No nos damos cuenta de que los vínculos amorosos están todo el tiempo alrededor nuestro. Nunca estamos absueltos del amor, nunca estamos fuera de la posibilidad de amar. Pero entonces surge la pregunta: ¿qué es amar exactamente? ¿Amamos todos de formas distintas?


Cuando alguien hace un TikTok sobre estos temas, muchas veces se habla con una ligereza enorme. Se perpetúan estereotipos o reflexiones que pueden distorsionar nuestra concepción cultural del amor, y eso nos encierra en experiencias mediadas que nos negamos a vivir en carne propia. Todo bajo un régimen de exposición total, pero de exposición curada: vidas editadas, hiperpositivas. Esa ilusión de omnipresencia y selección constante nos hace creer que podemos descartar personas y validar otras según la versión pulida que muestran de sí mismas. Y así terminamos limitándonos de vivir experiencias reales.


Ahora bien, y aunque pueda ver del posible impacto dañino que puede tener hacer esto, no puedo negar lo maravilloso de estos microrrelatos y esta reflexión constante sobre el amor. Porque, aunque sea contradictorio, eso también vitaliza la idea del amor. Hablar de cuán tóxica es una relación, de cuándo alguien es infiel, de cómo duele el abandono… Si bien puede reforzar ciertos estereotipos, mantiene viva la conversación sobre un tema que suele ser invisibilizado en su dimensión más profunda: la experiencia primitiva de sentir.


Como mencioné un poco antes, quizás lo que falta es cambiar el foco. Dejar de huir del encuentro real, de la intimidad verdadera. Dejar de narrar solo desde el despecho o desde el intento de limpiar una decepción. Tal vez, si pudiéramos corrernos de ese lugar, llegaríamos a reflexiones más enriquecedoras.


Pero también, ¿quién soy yo para decidir qué reflexión es valiosa y cuál no? Porque, si al menos mantenemos latente la idea del amor, si seguimos hablando de él, aunque sea desde lugares imperfectos, ya estamos haciendo un trabajo inmenso. Es un trabajo tácito, en segundo plano, pero existe. Y por eso es completamente válido.


Contador de la palabra amar: 8 veces

Contador de la palabra amoroso: 10 veces

Contador de la palabra amor: 28 veces

Aguante sentir vieja. Y sentir FUERTE.

Atentamente, 

-lula.